2- Los vendedores de certezas

Uno de los problemas de las certezas, es que a menudo no son más que creencias vendidas como si fuesen verdades, en lugar de como opiniones sesgadas, subjetivas y casi siempre demasiado simples para describir la totalidad de un mundo complejo.

La sociedad recibe una oferta constante de opiniones y creencias, siempre disfrazadas de certezas definitivas y universales. Y, por supuesto, muchas de estas «certezas» acaban siendo compradas y, lo que es peor, revendidas.

Tres de los grandes actores sociales encargados de vender certezas son la religión, la política y la escuela.

De entre ellos, es la religión la que se alza en lo más alto del podio de los vendedores de certezas. La religión es la forma de pensamiento humano que se caracteriza, precisamente, por poner una certeza allá donde debería ir una duda.

Las creencias de religiones y supercherías han sido utilizadas, en el transcurso de los tiempos, para explicar todo tipo de hechos inexplicables, y dotar de sentido a un mundo que se muestra complejo a nuestro entendimiento. Los rayos, la lluvia, esa bola de fuego que brilla en el cielo y que nos calienta.

Con el paso del tiempo, el ser humano ha ido desarrollando su conocimiento y hallando explicaciones a la mayoría de sucesos que antes sólo podían ser explicados según procesos sobrenaturales. Sin embargo, todavía queda alguna cuestión que se suele atribuir a algún tipo de ser superior. Como, por ejemplo, el nacimiento del universo, a pesar de que ya comienzan a haber algunas teorías de la física que harían innecesaria la acción de ningún ser sobrenatural para explicar la existencia del cosmos [1].

La religión también ha sido y es muy utilizada para tratar de influir en sucesos que escapan a nuestro control. Podemos imaginar, por ejemplo, el gran estrés que debía suponer para los agricultores antiguos pensar en el futuro, sin saber qué les depararía, estando sus vidas a merced de los azares de la meteorología. Frente a esta incertidumbre tan agobiante se alzó la religión, no sólo dotando de una explicación a algo incomprendido (la meteorología), sino otorgando la posibilidad de alterarla a través de rezos y rituales. Tal vez los rituales no cambiasen los designios del clima, pero esta ficción hacía sentir a los agricultores, al menos, algo de control y de certidumbre.

Actualmente, las creencias en seres o poderes sobrenaturales siguen siendo populares como terapias ante enfermedades que la medicina moderna todavía no puede curar, o como remedio definitivo ante la muerte, ofreciendo algún tipo de paraíso eterno.

Las religiones también ofrecen unos sistemas de valores morales, normas y doctrinas, que son vendidos como verdades universales y definitivas. Lo cual tiene una utilidad doble: a nivel individual, ya que ahorra el tener que hallar una ética propia; y a nivel social, ya que permite organizar a grupos grandes de humanos bajo unas mismas reglas.

En el segundo lugar del podio encontramos a la política, que vende sus certidumbres a través de lo que solemos conocer como ideologías.

Tras la revolución agrícola, que actualmente se cree que sucedió hace unos 12.500 años [2], los seres humanos dejaron de ser nómadas, y comenzaron a formar poblados y ciudades, organizándose en grupos cada vez mayores, como los imperios o las naciones modernas actuales.

A pesar de que la religión ha sido una gran herramienta de organización de masas en el pasado, en la actualidad es la política la que organiza a los grandes grupos en una gran cantidad de países, y lo hace utilizando doctrinas agrupadas en ideologías. Cada ideología se propone a sí misma como la mejor y más eficiente opción para organizar y gestionar las sociedades. Así, tenemos a distintos partidos políticos que representan a las diferentes ideologías.

Uno de los problemas más obvios con las ideologías, es que las sociedades humanas van variando a lo largo del tiempo, de tal modo que la fórmula organizativa que fue la más eficiente en una época, quizá no lo es en otra. Del mismo modo varían los contextos geográficamente, y tal vez lo que es útil en una región del planeta, no lo sea en otras.

Debido a esto, las conclusiones recogidas por la humanidad a través de sus experiencias en el pasado, aunque sean de utilidad, no ofrecen un modelo definitivo para el momento presente, ya que el contexto no deja de cambiar. Así que, inevitablemente, casi toda decisión política (si no toda) es en realidad un experimento social. Por supuesto, los políticos no aparecen en la televisión anunciado que van a realizar un experimento con sus próximos recortes, sino que hablan de la mejor, a veces la única, decisión posible.

Por si eso no fuera poco, nos encontramos con que en la realidad política se suelen aplicar mezclas ideológicas, en lugar de ideologías puras. Ésta es una característica que se le podría «suponer» típica a los sistemas democráticos, aunque la mezcla ideológica puede suceder bajo cualquier contexto, ya que el mundo suele ser demasiado complejo como para aplicarle una única ideología finita. Por ejemplo, podemos encontrar que, aunque el comunismo haya perdido su popularidad y apenas queden resquicios políticos (a excepción de China, Vietnam, Cuba y Corea del Norte, si bien su «comunismo» también podría ser discutido), algunas de las ideas que se pueden encontrar en el Manifiesto Comunista de Marx y Engels han sido recogidas y aplicadas en las democracias capitalistas actuales, como la idea de la jornada laboral de ocho horas.

A todo lo dicho hay que sumarle que, para poder analizar con un mínimo de seriedad qué ideología es la mejor o la más eficiente, primero habría que definir qué se considera «lo mejor». Y si no se puede encontrar una definición universal y definitiva de lo que es «mejor» que agrade a todo el mundo, entonces pueden existir varios caminos posibles, pudiendo ser todos ellos «buenos», según a quién se le pregunte.

A pesar de todos estos breves apuntes, que pretenden mostrar lo difícil que es que una ideología sea la verdadera y definitiva, los políticos y creyentes de las distintas ideologías aparecen a menudo en los medios públicos vendiendo sus creencias como si fueran certezas inamovibles, lo cual muestra el valor social de la «certeza». ¿Quién votaría a un político que dudara y que hablara de «experimentos»?

Y, aunque un político tuviera la voluntad y el valor, en los medios de comunicación como la radio, la televisión o los diarios, los políticos apenas tienen tiempo suficiente como para hablar de ideas políticas complejas y tratar de hacerse comprender por la audiencia. En realidad, eso ni siquiera es su objetivo, ya que no son pedagogos. Su objetivo no es educar o fomentar el sentido crítico, sino convencer a votantes, y para ello tienen unos escasos minutos frente a un micrófono donde, por lo general, hablan de todo excepto de ideologías.

En el tercer lugar de la categoría de vendedores de certezas nos encontramos, curiosamente, a la escuela.

Aunque, en principio, podría parecer que el sistema educativo es el encargado de transmitir conocimientos y formar individuos capaces de pensar de una forma más compleja, con frecuencia encontramos que la escuela se dedica a vender certezas prefabricadas, en lugar de a potenciar el pensamiento crítico y el desarrollo personal.

En primer lugar, hay que recordar que los sistemas educativos actuales siguen el modelo surgido con la revolución industrial, y por tanto su objetivo no es «hacer pensar» a los individuos, sino formar a trabajadores.

¿Por qué se sigue utilizando un sistema educativo con doscientos años de antigüedad? Una posible respuesta es la falta de voluntad política para introducir cambios sustanciales en la educación. Dichos cambios tardan demasiado en producir efectos y poder ser analizados, ya que no pueden ser medidos hasta muchísimo después de haber sido implementados, cuando los estudiantes se han convertido en adultos. Cierto, la educación puede cambiar la sociedad y es la solución para muchos grandes problemas. Pero los políticos están más interesados en tomar acciones que sean visibles durante sus legislaturas.

Por otro lado, explicar los conocimientos de una forma crítica y compleja es, precisamente, más difícil. El modelo «esto es así» es mucho más rápido de enseñar —y requiere de menos preparación— que el modelo «esta es la opinión actual, susceptible de ser revisada, y a la que se ha llegado de tal modo». Promulgar certezas es más rápido y simple que hablar desde la incertidumbre, y evita la aparición de debates y de individuos con opiniones distintas. Y también requiere de menor conciencia, sensibilidad y profundidad de conocimientos.

Todos estos grandes actores sociales —la religión, la política y la escuela, se convierten así en los grandes vendedores de certezas, y de algún modo modulan nuestra sociedad para convertirla en una sociedad de certezas. Pero, si han tenido tanto éxito, ¿cómo es su «mercado»? ¿Quiénes son los compradores de certezas? En el próximo artículo se hablará de ellos.

Puedes encontrar todos los artículos de «La firmeza de la incertidumbre» en este ÍNDICE DE CONTENIDOS.

 


[1] El gran diseño, Stephen Hawking

[2] https://en.wikipedia.org/wiki/Neolithic_Revolution

Imágenes: Dennis JarvisTony Harp

 

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