La conspiración de París

La capital francesa ha llegado a tal punto, en la imaginería popular, que uno siente cierta presión al pisar sus calles por primera vez. No en balde está visitando una de las ciudades más bellas del mundo, donde a cada esquina se le supone llena de encanto, a cada edificio, a cada calle… Es la ciudad del amor, de los cafés y del existencialismo.

Hay que tener mucho cuidado con este tipo de presión estética, porque puede spoilearle a uno toda la experiencia. Resulta difícil ver y disfrutar la belleza de una ciudad, cuando uno está obligado a ello.

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4- Las bondades de la incertidumbre

No saber por qué existimos en el mundo, ni por qué existe éste; no saber qué está bien o qué está mal; no saber qué ideología es la más adecuada; no saber hasta qué punto lo que perciben nuestros sentidos se asemeja a la realidad, ni hasta qué punto nuestra mente puede, siquiera, comprenderla… En una palabra: dudar.

¿Quién no ha sufrido alguna vez el frío causado por una duda? ¿El estremecimiento por un momento en el que, vacilantes, hemos percibido el sin sentido de nuestras vidas, o de una parte de ellas? Tal vez fuera un instante efímero, segundos antes de conciliar el sueño, en que nos hemos planteado lo que hacemos, lo que somos, o lo que creemos. Por suerte, ese momento pasa, y a la mañana siguiente uno despierta con el ánimo renovado para seguir danzando en el baile de disfraces de las certezas.

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3- Los compradores de certezas

Es una situación bien conocida: aparece un tema controvertido sobre la mesa, y todos los comensales acaban posicionándose de forma férrea en torno a alguna opinión, que defienden como si fuera una gran verdad. Incluso si, antes de haber comenzado la discusión, nunca antes habían pensado sobre el tema.

¿Por qué se lanzan las personas a creer en opiniones, y a defenderlas como si fueran certezas absolutas? Cuando algún actor social como la política o la religión vende alguna doctrina, ¿por qué la compran?

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2- Los vendedores de certezas

Uno de los problemas de las certezas, es que a menudo no son más que creencias vendidas como si fuesen verdades, en lugar de como opiniones sesgadas, subjetivas y casi siempre demasiado simples para describir la totalidad de un mundo complejo.

La sociedad recibe una oferta constante de opiniones y creencias, siempre disfrazadas de certezas definitivas y universales. Y, por supuesto, muchas de estas «certezas» acaban siendo compradas y, lo que es peor, revendidas.

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1- Introducción a la incertidumbre

Recuerdo que, en una ocasión, yendo a clases de alemán en una escuela de idiomas, me senté junto a una chica joven que solía leer un libro relacionado con los chakras y el yoga durante los cinco minutos previos al comienzo de las clases. Sentí curiosidad y le pregunté que qué le parecía la lectura, y así comenzamos una breve conversación que acabó desembocando en el tema de las religiones. Me preguntó si era creyente. No de alguna religión en concreto, sino en general, creyente «de algo». Le dije que no y que, en cualquier caso, me parecía bastante más útil la duda que las creencias.

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