1- Introducción a la incertidumbre

Recuerdo que, en una ocasión, yendo a clases de alemán en una escuela de idiomas, me senté junto a una chica joven que solía leer un libro relacionado con los chakras y el yoga durante los cinco minutos previos al comienzo de las clases. Sentí curiosidad y le pregunté que qué le parecía la lectura, y así comenzamos una breve conversación que acabó desembocando en el tema de las religiones. Me preguntó si era creyente. No de alguna religión en concreto, sino en general, creyente «de algo». Le dije que no y que, en cualquier caso, me parecía bastante más útil la duda que las creencias.

Ella me miró contrariada. Era una chica con la mente abierta, y hubiera podido aceptar que yo creyese en cualquier religión, aunque no fuese la suya. Pero parecía no poder encajar la «no creencia». En un acto de empatía, me dijo que le daba pena que yo no creyese en nada, y que mi vida debía de estar muy vacía. Pude ver su semblante triste, y la situación me pareció bastante graciosa porque yo me sentía bastante a gusto con la incertidumbre y —precisamente—, la duda me parecía mucho más rica y variada que cualquier tipo de verdad definitiva y estática. Pero las clases dieron comienzo y no pudimos seguir hablando al respecto.

Es una historia bastante ilustrativa del valor social que tiene la certeza. La gente ama la certeza. Tener certeza es de las mejores cosas que te pueden suceder: entiendes dónde estás, conoces el mundo que te rodea y lo puedes explicar y predecir. Sientes un suelo firme bajo tus pies al caminar por la vida, y la voz no te tiembla al pronunciar alguna opinión sobre lo que está bien y lo que está mal.

La certeza tiene un índice muy alto de popularidad. Los políticos no dicen «vótame, porque creo que soy la mejor opción, pero podría ser que no». Ellos dicen: «vótame, porque soy el único buen camino posible». Las escuelas no enseñan: «estas son las opiniones actuales, susceptibles de ser revisadas, y a las cuales hemos llegado de este modo». Las escuelas dicen: «Esto es la verdad. Memorízala, y vuélcala en el exámen».

En las antípodas de la certeza encontramos a la incertidumbre, esa sombra de duda y de desconcierto que se suele mirar con incomodidad y, a veces, incluso con temor. Pero, ¿hasta qué punto es más deseable tener certeza y «conocer la verdad» que mantenerse en la incertidumbre?

En los próximos artículos de esta sección («La firmeza de la incertidumbre») trataré de dar algunos argumentos que, tal vez, puedan ayudar a dar algo de popularidad a la marginada incertidumbre, y de paso pondré en el punto de mira algunas certezas comunes que, tal vez, no sean tan ciertas como popularmente se cree.

Según los temas se utilizarán unos y otros argumentos, aunque un punto básico de la incertidumbre que se repetirá con cierta frecuencia, y que ya puede servir de aperitivo en esta introducción, es el siguiente:

Suponiendo que las verdades definitivas existieran, las certezas son caminos muertos. Las verdades definitivas no pueden progresar ni ser mejoradas. Las certezas definitivas son aburridas y, todavía más, una condena para toda aquella gente curiosa amante de la investigación y las elucubraciones, para toda aquella gente que considera la ascensión más divertida que la cumbre.

Por contra, la incertidumbre está abierta al constante progreso, y está abierta a la variedad. La incertidumbre es mucho más sexy, ya que es con la duda que la mirada se pierde en el infinito al saborear una taza de café filosofando sobre la existencia y su sentido.

Las certezas definitivas invitan a la memorización de sus verdades, mientras que la incertidumbre te invita a pensar.

Puedes encontrar todos los artículos de «La firmeza de la incertidumbre» en este ÍNDICE DE CONTENIDOS.

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