Hasta hace poco creía —como muchas otras personas— que el autostop había muerto junto a la era hippie. Jamás había me había encontrado con ningún mochilero mostrando el pulgar en la carretera o gasolinera, e incluso pensaba que era algo ilegal. Además, tampoco le veía mucho sentido con la llegada de los vuelos low cost, las conexiones de bus y tren, y la aparición de blablacar.
Todas esas ideas cambiaron drásticamente cuando realicé el año de voluntariado europeo (EVS) en Polonia, dónde descubrí que en otros lugares de Europa seguía siendo normal viajar a dedo, e incluso había competiciones de autostop. Sentí una inmediata curiosidad, alimentada por los relatos de aventuras de algunos estudiantes polacos.